Chéjov - 150 años
Anton camina hacia su casa. Por fin es suya. Piensa en una historia cuyas costuras no acaba de cerrar. Pasea alrededor del edificio. Las tablas parecen estar en buen estado. La escalera es firme. Uno de sus perrillos le sigue. Justo debajo de la ventana de la habitación pequeña, donde piensa instalar la consulta y su estudio, encuentra un arbusto ya crecido bajo unas tablas que alguien olvidaría allí. Providencialmente esa techumbre parece haberle servido de defensa y así ayudarlo a sobrevivir a lo peor del invierno. Las huellas son blancas. Las nubes también. Su hermano, que quiere fotografiarlo, le llama. Pero al levantarse tras apartar la nieve del tronco del majuelo, en el que apunta un brote verde, siente un vértigo, un calor extraño, un acceso de tos después. Un aviso que procura acallar. La barbilla apretada contra el pecho y una gota de sangre que le cae en un acceso nuevo, diferente esta vez, quedando impresa en la blancura como un círculo exacto. Las palabras no dichas son tantas todavía. Todo tiene su nombre se repite, mientras que desde su cerebro le llegan al dictado las frases finales de ese cuento que también será el suyo. Quina, la perra dachshund, lo olisquea y echa a correr cuando vuelve a sentir que alguien los llama. Anton, con la punta de la bota oculta con un sudario blanco el futuro que viene. A cambio coge un fruto del majuelo. Brillante entre sus dedos. Sopesa morderlo. Más tarde. De momento lo dejará caer en su bolsillo derecho. La cámara está lista y es necesario preservar ese momento. 1897, Mayo. Se sienta en la escalera junto a la entrada, se acomoda orgulloso, se coloca bien la gorra. Ensaya una sonrisa. Estirará las piernas siguiendo la línea de su bastón trenzado. Ahora es Brom quien en perfecta calma se acunará bajo su brazo. La casa es sólida y por la puerta abierta salen voces alegres. Al fondo del paisaje sucede un estremecimiento. Un relámpago. Un cierto aviso de tormenta, y Anton siente por dentro que el cuento está acabado.
bendicò