intervalos
“Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre todos los muertos”
James Joyce en Dublineses
“Y sobre todos, vivos y muertos, llovió siempre sin ninguna misericordia”
Fulgencio Argüelles en ‘Letanías de Lluvia’
“Para él, la casa encarnaba la dicha general de su vida, que era manifiesta, indiscutible, y que él no dejaba nunca de reconocer y agradecer, sobre todo cuando debía contraponerla a un dolor o a un pesar concretos…¡”Que buenos ratos pasabais!” ,decía su padre, como si la ligera desolación actual fuese confetis y envoltorios de caramelos tras el paso de algún espléndido desfile”
Marilynne Robinson en “ En casa”
Pierre Michon en ‘Vidas minúsculas’
“A mí me cuesta reproducir y aun saber con certeza cuál fue la última vez que vi a Aliocha Coll,el amigo que se suicidó bastante tiempo después de esa vez y poco antes de la vez siguiente que no llegó a tiempo…Tenía cuarenta y dos años cuando se mató en 1990 con su mano infalible de médico, tras releer un último cuento-la Sylvie de Nerval- y escuchar una última música-pero no sé cuál- y apurar su último vaso de vino”
Javier Marías en ‘Negra Espalda del tiempo’
Pasolini
“La verdadera vida no es reducible a palabras habladas ni escritas, por nadie, nunca. La verdadera vida ocurre cuando estamos solos, pensando, sintiendo, perdidos en el recuerdo, soñadoramente conscientes de nosotros mismos, los momentos submicroscópicos. Lo dijo más de una vez, Elster, de más de una manera. Su vida ocurría, dijo, cuando estaba ahí sentado mirando una pared vacía, pensando en la cena”
Don Delillo en Punto Omega

Katherine, ¿qué es lo que no funciona? ¿por qué nos torturamos así?
Cuando me dices cosas que me hieren intento hacer lo mismo contigo. Pero ya no puedo seguir así.Porque te quiero.
Tal vez seamos demasiado orgullosos.
Dime que me quieres.
Si te lo digo, jura que no te aprovecharás.
Sí, pero quiero oirtelo decir.
Te lo digo: te quiero.
hay tantas cosas que parecen colmadas por el deseo
de ser perdidas que su pérdida no es un desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la confusión
de las llaves extraviadas, de la hora desperdiciada.
No es difícil dominar el arte de perder.
Practica después perder más, y más rápido:
lugares, y nombres, y las tierras a las que pretendías
viajar. Ninguna de estas pérdidas será devastadora.
He perdido el reloj de mi madre. ¡Y mira!, la última
o la penúltima de las tres casas que he amado se perdió.
No es difícil dominar el arte de perder.
He perdido dos ciudades, hermosas ciudades. Más aún,
vastos reinos que poseía, y dos ríos, y un continente.
Los añoro, pero no fue un desastre.
Incluso perdiéndote a ti (la voz risueña, un gesto que
amo) no habría mentido. Es evidente
que no es difícil dominar el arte de perder
aunque eso parezca (¡escríbelo!) un desastre.
Elizabeth Bishop
Chéjov - 150 años
Anton camina hacia su casa. Por fin es suya. Piensa en una historia cuyas costuras no acaba de cerrar. Pasea alrededor del edificio. Las tablas parecen estar en buen estado. La escalera es firme. Uno de sus perrillos le sigue. Justo debajo de la ventana de la habitación pequeña, donde piensa instalar la consulta y su estudio, encuentra un arbusto ya crecido bajo unas tablas que alguien olvidaría allí. Providencialmente esa techumbre parece haberle servido de defensa y así ayudarlo a sobrevivir a lo peor del invierno. Las huellas son blancas. Las nubes también. Su hermano, que quiere fotografiarlo, le llama. Pero al levantarse tras apartar la nieve del tronco del majuelo, en el que apunta un brote verde, siente un vértigo, un calor extraño, un acceso de tos después. Un aviso que procura acallar. La barbilla apretada contra el pecho y una gota de sangre que le cae en un acceso nuevo, diferente esta vez, quedando impresa en la blancura como un círculo exacto. Las palabras no dichas son tantas todavía. Todo tiene su nombre se repite, mientras que desde su cerebro le llegan al dictado las frases finales de ese cuento que también será el suyo. Quina, la perra dachshund, lo olisquea y echa a correr cuando vuelve a sentir que alguien los llama. Anton, con la punta de la bota oculta con un sudario blanco el futuro que viene. A cambio coge un fruto del majuelo. Brillante entre sus dedos. Sopesa morderlo. Más tarde. De momento lo dejará caer en su bolsillo derecho. La cámara está lista y es necesario preservar ese momento. 1897, Mayo. Se sienta en la escalera junto a la entrada, se acomoda orgulloso, se coloca bien la gorra. Ensaya una sonrisa. Estirará las piernas siguiendo la línea de su bastón trenzado. Ahora es Brom quien en perfecta calma se acunará bajo su brazo. La casa es sólida y por la puerta abierta salen voces alegres. Al fondo del paisaje sucede un estremecimiento. Un relámpago. Un cierto aviso de tormenta, y Anton siente por dentro que el cuento está acabado.
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